viernes, 6 de enero de 2017

FIDEL CASTRO; LAS GUERRAS OCULTAS 

CAPÍTULO 2.

LA SUBVERSION LATINOAMERICANA

(Libro "Las guerras secretas de Fidel Castro de Juan F Benemeri)


LA ESPIA DE DETROIT - CON LA KGB - LA INVASION

En los primeros meses de 1959, el gobierno de Castro envió a Detroit, en un cambió rutinario de su consulado, a una mujer de belleza exótica, culta y de extensa experiencia diplomática: Margarita Quintana. Margarita había sido agregada cultural en Taiwán y en la India y se había desplazado por varios países del lejano Oriente; conocía Europa y hablaba varios idiomas.

Durante su actividad como cónsul en Detroit, la agradable cubanita, que trabajaba para los servicios secretos de Castro, se relacionó con el ingeniero norteamericano Robert Braun, especialista en el manejo de instrumentos electrónicos, dueño de un laboratorio que suministraba equipos especiales a la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos. Las relaciones entre Margarita y Braun se hicieron más íntimas; luego de excursiones a Montreal y Toronto, el matrimonio culminó en Detroit,
en diciembre de 1959.

En plena luna de miel, Margarita y Braun desaparecieron de los Estados Unidos y se domiciliaron en Cuba, dejando preparadas para su envió a La Habana, todas sus pertenencias que sumaban 25 cajas y paquetes. En mayo y junio de 1960, el equipaje fue llevado al consulado cubano en West Palm Beach para ser reembarcado hacia Cuba, como rezaba en las franquicias. Durante la carga, uno de los bultos llamó la atención de los oficiales aduaneros e intervino el FBI que retuvo el equipaje pese a las airadas protestas del cónsul y de la cancillería cubana.

Tras una larga batalla judicial con los representantes cubanos, el 9 de agosto de 1961 se obtuvo la orden legal para realizar la inspección ¡Era un pequeño laboratorio atómico! Se ocuparon métodos de identificación semejantes a los usados por los Estados Unidos para reconocer aviones en pleno vuelo, un sistema de control para bombarderos B-52, instrumentos para reconocimientos aéreos y planos de equipos clasificados. Más sorprendente fue el hallazgo de documentos que relacionaban a la pareja con el espía de secretos relacionados con la energía nuclear Klaus Fuchs, así como las pruebas de
que Braun sostenía contactos regulares en Detroit con el agregado comercial soviético, a través de su esposa.

El rompecabezas fue armándose y en febrero de 1964, se conoció del emplazamiento de bases subterráneas en la provincia de Pinar del Río, supervisadas por el director del programa electrónico de Castro, nada menos que el ingeniero Braun, quien en cooperación con un equipo de ingenieros cubanos y soviéticos, donde figuraba Nicolás Yepylev, laboraba en la instalación de equipos electrónicos muy adelantados para una estación de rastreo de satélites en Cuba. La agencia de noticias francesa France Press, ofrecía la noticia de que Cuba se había convertido en una potencia electrónica equipada para vigilar toda la navegación marítima y aérea del Caribe y la costa oriental de los Estados Unidos.

Los designios de Castro de reclamar las islas del Cisne, localizadas a mitad de camino entre Cuba y Honduras, no fructificarían en el continente y sólo dejarían recelo, incluso entre los aliados castristas en ese país. Castro quería obtener las Islas del Cisne y también Puerto Cortés, en Honduras; este último, utilizado históricamente por negociantes y aventureros cubanos para contrabandear cargamentos de madera y más tarde, transformado por Castro en un paraje para infiltrar
guerrilleros, agentes y alijos de armas, aprovechándose de los cargueros que navegaban por el golfo de Honduras hasta Belice.

El propio presidente hondureño, Villeda Morales, realizaría en enero de 1961 una locución angustiada ante las amenazas de Castro “yo confieso que somos incapaces de dominar la influencia castrista en Honduras por nuestros propios medios. No podemos derrotarla solos ni puede hacerlo ningún otro país centroamericano. Necesitamos un esfuerzo colectivo. Los países deben abandonar su actitud pasiva”.

Ya para 1963, Castro está experimentando reveses en sus esfuerzos por subvertir con guerrillas la América Latina, agravados por su sorda disputa con varios partidos comunistas. Sin penas ni glorias, comienzan a languidecer los grupos trotskistas peruanos de Hugo Blanco, los colombianos de Pedro Antonio Marín, las huestes brasileñas de Francisco Juliao y el MIR venezolano. 

CON LA KGB
Los servicios secretos soviéticos, la KGB, detectaron de inmediato la potencialidad de Castro, basado en los criterios de su oficial residente en México, Nikolai Sergevich Leonov, quien se había entrevistado varias veces con el cubano en 1955 cuando éste le solicitó ayuda en armas y dinero para derrocar a Batista32. Los tanteos íntimos de Castro con la URSS principian en julio de 1959, cuando el jefe de sus servicios de seguridad Ramiro Valdés, inicia una serie de entrevistas secretas en Méjico con diplomáticos soviéticos y miembros de la KGB.

Desde mayo de 1959 se hallaban en Cuba los agentes soviéticos Timofey Eremiev, Ivan Arpov y Vadim Listov, este último conocido por sus trabajos encubiertos en América Latina y, posteriormente, uno de los hombres claves en el establecimiento de la organización subversiva Organización Latinoamericana de Solidaridad, con sede en La Habana. A estas alturas, los soviéticos se hallaban favorablemente impresionados por la audacia de Castro ante las narices de Washington, y deciden
promover su persona y revolución, y proyectarle como un actor internacional.

En el otoño de 1959 una delegación militar encabezada por Raúl Castro visitó Checoslovaquia con la intención de buscar ayuda militar, armamentos y colaboración de inteligencia. En octubre, mientras Raúl Castro se hallaba en Praga, una delegación cultural soviética, encabezada por Alexander Ivanovich Shitov (alias Alekseiev) experimentado miembro de la KGB, que había servido en Europa y en múltiple países latinoamericanos, en especial Argentina, era despachado a La Habana
como corresponsal de la agencia noticiosa TASS, aunque en realidad su misión era discutir con Castro la apertura de relaciones diplomáticas Moscú-La Habana.

Alexeiev, más tarde, asentaría los principios estructurales de los cuerpos de inteligencia cubanos, y sería nominado embajador soviético en Cuba, a pedido expreso de Castro. Asimismo desarrolló una amistad personal con el Che Guevara y trabajó con éste en la selección y entrenamiento de agentes latinoamericanos para la inteligencia cubana y para la KGB.

La KGB envió a Cuba alrededor de un centenar de consejeros en seguridad e inteligencia para organizar los servicios secretos de Castro. Muchos de estos agentes soviéticos eran españoles exilados de la Guerra civil que laboraban para la KGB. Uno de ellos, el veterano militar Enrique Lister Farján, organizó de inmediato los Comités de Defensa de la Revolución, un sistema de vigilancia por cuadras.

Los especialistas de la KGB asesoraron el novel servicio de inteligencia de Castro, bajo el nombre de “Sección M”, transformado luego en Dirección General de Inteligencia, al mando del comandante Piñeiro. Ya para 1963, se inicia el entrenamiento sistemático y anual de oficiales de la inteligencia y seguridad cubana en territorio soviético. Alrededor de 1963, Harry Philby, el famoso miembro de los Servicios de Inteligencia británicos que trabajaba para la URSS, luego de su huída a Moscú visitó a Cuba donde ofreció seminarios para los servicios secretos cubanos.

En el exterior, las embajadas, misiones comerciales, y representantes de otras instituciones, comienzan a ser utilizadas como pilastras de los servicios secretos. Los blancos elegidos serían los estudiantes, las minorías negras norteamericanas, los movimientos que lidiaban por la independencia o contra gobiernos constituidos. Los núcleos exteriores de espionaje más valiosos fueron avecindados en Méjico, Francia y Checoslovaquia (esta última, tránsito y contacto de agentes de la DGI
destacados en África, Medio Oriente y Europa).

Cuba recibió de la URSS su enorme y centenaria experiencia en el cifrado y descifrado de mensajes, así como en la técnica de intercepción de correspondencia privada. De esta forma comienza a edificarse un instrumento de análisis que, junto a la subversión y a la red de centros ilegales, resultan ya una maquinaria por encima de las posibilidades de un país pequeño como Cuba.

Desde los comienzos del sesenta, los soviéticos actúan como consejeros en los lugares de instrucción de guerrilleros africanos y latinoamericanos, organizados por un departamento llamado Liberación. Este promoverá los focos guerrilleros y la subversión urbana en el exterior, y trabajará, además, con las agrupaciones marxistas, grupos religiosos, maoístas, nacionalistas radicales y terroristas. Liberación creará las milicias y las célebres guardias pretorianas a figuras como Sekou Touré, Alphonse Massemba-Debat, Macías Nguema, Gastón Soumaliot, Salvador Allende.

La etapa que cubre, desde la victoria rebelde en enero de 1959, a la Crisis de los Cohetes y los comienzos de la disputa chino-soviética, es el período de la virulenta confrontación del castrismo con Estados Unidos, de la complejidad en que se enmarcarán las relaciones de La Habana con Moscú, y es el lapso donde se echarán los cimientos para aupar la subversión a escala considerable.
En los esfuerzos por penetrar la agencia norteamericana más secreta, la Agencia de Seguridad Nacional, con su residencia en Fort Meade, la KGB logró reclutar en 1959 a dos cripto-analistas de esa agencia: Bernon F. Mitchell y William H. Martin, los cuales se trasladarían a Cuba que sería utilizada como trampolín para los contactos de espionaje soviético en Estados
Unidos.

Los descalabros originales en el continente americano liquidan la etapa romántica de la revolución para dirigirse hacia intereses políticos y estratégicos muy definidos. La Habana vocifera la exaltación al ultra nacionalismo y a los regímenes marxistas, mientras en silencio teje compromisos en África, entrena febrilmente legiones de extranjeros y extiende como una mandrágora sus redes de espionaje en Europa y América Latina.

LA INVASION 
La victoria militar obtenida por Castro en Bahía de Cochinos, contra una brigada de cubanos exilados armados y entrenados por Estados Unidos, le ayuda a estabilizarse internamente, convenciendo a la burocracia soviética de que su régimen resultaba un instrumento valioso para el Tercer Mundo.
Al finalizar el XXII congreso del PCUS, en octubre de 1961, tuvo lugar una reunión secreta de la alta dirigencia soviética (Nikita Jruschov, Frol Kozlov, Mijaíl Suslov, Boris Ponomarev) con la delegación cubana encabezada por Blás Roca, Carlos Rafael Rodríguez y los representantes latinoamericanos: Jesús Faría, de Venezuela; Jorge del Prado, de Perú; Elio Rojas, de Paraguay; Luís Corvalán, de Chile; Rodney Arismendi, de Uruguay; Pedro Saad, de Ecuador; Jiraldo Rodríguez DosSantos, de Brasil; Raúl Ruiz, de Bolivia; Gilberto Vieira, de Colombia; Juan Ducoudray, de República Dominicana y Victorio Codovilla, de Argentina.

El cónclave soviético-latinoamericano acordó favorecer en todo lo posible la política de Castro en América Latina y precipitar la toma del poder por todas las vías. En el mitin, la URSS sugirió se aceptase la supervisión de los comunistas cubanos hacia el resto de los partidos en América Latina. El número de periódicos locales comunistas del continente se elevaría entonces a 200 en 1962 y La Habana prácticamente inundaría las capitales de América con propaganda.

La inferioridad estratégica nuclear moscovita evidenciada en la Crisis de los Cohetes, sume al Partido Comunista en una larga riña intestina y en una contracción de su política exterior hacia la masa continental de Europa, quedando Cuba como el único saliente de interés para Moscú. Los soviéticos se enfrascan, además, en una biliosa querella con China, que desgarra el movimiento comunista internacional. La URSS, Cuba y China desplegarían en el tercer mundo un esfuerzo político y de
penetración superior a la de los países Occidentales. China comienza a agitarse en África con mayor acierto que la URSS, buscando también una alianza con Castro. Pero éste no se pasa al campo chino, como muchos esperan, aún cuando América Latina entra en desacuerdo con la política oficial de
algunos miembros del campo soviético y partidos comunistas locales.

Castro decide mantener, pese a todo, su cruzada mundial guerrillera, por necesidades internas de poder y como su carta más valiosa ante el grupo de Jruschov, molesto con el boceto guerrillero de Castro y receloso de que los chinos se aprovechen del mismo e incrementen sus simpatías dentro de la élite cubana y del mundo afroasiático. Pero Castro cuenta con poderosos aliados dentro de la nomenclatura soviética; el grupo anti-Jruschov, encabezada por la sombra glacial de Suslov, Ponomarev, y de Alexander Nikolayevich Shelepin, santifican la promoción cubana de revoluciones
en el tercer mundo. Castro determinó alimentar sus lazos con Moscú, ante los chascos en la arena internacional y el escollo de enfrentar una sangrienta y vasta lucha armada en su contra en todo el interior del país. Los alzamientos armados de El Escambray, de campesinos y de excastristas en desacuerdo con el giro comunista del país, será la contienda de mayores proporciones que conocerá Cuba en este siglo; confrontación bélica silenciada para el exterior.

El segundo viaje de Castro a la URSS, en enero de 1964, tiene lugar en el momento más intenso del conflicto intestino del Kremlin alrededor de la figura de Jruschov. En el complot que llevó a su defenestración fue decisiva la participación de Alexander Nikolayevich Shelepin, amigo del Che Guevara y Yuri Andropov (el carnicero de Budapest) por la KGB. La política exterior de Castro resultará un elemento de confrontación en esta contienda interior soviética. La inminente caída de
Jruschov precipita la posición cubana contra China y permite que Castro logre extraer de los soviéticos sustanciales ventajas económicas, asistencia militar y espacio para su política internacional.

Si bien la URSS acepta extender créditos para proveer la economía cubana de la mínima oxigenación, Castro evade entregar su imagen internacional de aparente libertad de movimientos. Así, a propuesta de la dirección soviética, tiene lugar en La Habana, en noviembre de 1964, una reunión reservada de partidos comunistas latinoamericanos.

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